Me llama la madre de L para iniciar sesiones con su hijo. Le cuento mi frustración y que no tengo de momento pensado dar más clases. (Es muy importante que sea un deseo de los propios niños). Me insiste diciendo que asumen y entienden que lo importante no es lograr la visión extraocular y que aún así, querrían dar las clases. Nunca he tenido un alumno tan mayor, L tiene 13 años y eso también me parece un reto.
Comenzamos en marzo del 2021. Su primera sesión es una tarde después de una clase de kárate. ¡Viene tan ilusionado! Es encantador y confía plenamente en que va a lograrlo. De hecho se lo ha dicho ya a su profesor de kárate.
En la tercera sesión hace un día soleado y es capaz de ver colores. Acierta prácticamente todos. Me alegra tanto. Estamos felices.
En casa también están disfrutando del proceso. Juega al escondite con su madre y él, con la máscara, siempre va hacia donde ella se encuentra.
Pasan sesiones y sigue viendo sólo colores... Al ser más mayor le voy proponiendo otros ejercicios como activar la energía y sentirla entre las manos. Le mola.
Está tan motivado que empieza a preocuparme que no lo consiga.. Le quedan un par de sesiones y si alguien se merece lograrlo, es él. Sus historias son increíbles y tan divertidas...
De repente, cuando estamos terminando las sesiones, comienza a ver con más claridad y puede distinguir letras cada vez mejor hasta llegar a leer. Él superfeliz. Su madre supercontenta y yo muy agradecida. Voy a echarle de menos.
Le he comprado un ajedrez magnético. Dice que le gustaría seguir. Ha sido un regalo tenerle.
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