martes, 15 de abril de 2025

7 L

Me llama la madre de L para iniciar sesiones con su hijo.  Le cuento mi frustración y que no tengo de momento pensado dar más clases. (Es muy importante que sea un deseo de los propios niños).  Me insiste  diciendo que asumen y entienden que lo importante no es lograr la visión extraocular y que aún así, querrían dar las clases.   Nunca he tenido un alumno tan mayor, L tiene 13 años y eso también me parece un reto.

Comenzamos en marzo del 2021.   Su primera sesión es una tarde después de una clase de kárate. ¡Viene tan ilusionado!  Es encantador y confía plenamente en que va a lograrlo.   De hecho se lo ha dicho ya a su profesor de kárate.  

En la tercera sesión hace un día soleado y es capaz de ver colores.   Acierta prácticamente todos.   Me alegra tanto.   Estamos felices.

En casa también están disfrutando del proceso.  Juega al escondite con su madre y él, con la máscara, siempre va hacia donde ella se encuentra. 

Pasan sesiones y sigue viendo sólo colores...  Al ser más mayor le voy proponiendo otros ejercicios como activar la energía y sentirla entre las manos.  Le mola.

                                          

Está tan motivado que empieza a preocuparme que no lo consiga..   Le quedan un par de sesiones y si alguien se merece lograrlo, es él.   Sus historias son increíbles y tan divertidas...  

De repente, cuando estamos terminando las sesiones, comienza a ver con más claridad y puede distinguir letras cada vez mejor hasta llegar a leer.   Él superfeliz.  Su madre supercontenta y yo muy agradecida.   Voy a echarle de menos. 

  Le he comprado un ajedrez magnético.  Dice que le gustaría seguir.  Ha sido un regalo tenerle.                             

                          

                   


                                          


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